
—Vuelve a su tierra para actuar mañana y lo hará después del partido entre España y Paraguay.
—Es verdad, los dos últimos partidos han coincidido con conciertos. Si gana la Selección Española contaremos con la euforia de la gente, y si pierde pues los consolaremos como podamos.
—¿Está siguiendo el Mundial?
—Es imposible no seguirlo. No hay radio que puedas oír, periódico que puedas abrir, o televisión que puedas encender y que no salga.
—¿A lo mejor algún día escribe una canción sobre este encuentro de fútbol internacional?
—No creo que el fútbol merezca una canción. Sigo los partidos, me gusta la selección y me divierte, pero me parece que ocupa en la vida de la gente un espacio bastante desmesurado.
—¿Para qué debería haber espacio en la vida de las personas?
—Yo, que ya creo en pocas revoluciones, sigo creyendo en la revolución de la ilustración, en que la cultura es lo que hace que uno esté menos solo. Y pienso que ese lado de la educación del ciudadano está muy abandonado.
—¿Cómo vive los directos de sus canciones después de un largo paréntesis sin pisar los escenarios?
—Bueno, llevamos más de sesenta conciertos en doce países. Es una experiencia muy enriquecedora y bastante inesperada, ya que esperaba una gira más tranquila. Y como hay una carga de tensión (ya que dije que nos despedíamos de los escenarios) se ha originado una explosión de complicidad, de calor de la gente, que nos ha calentado mucho el corazón.
—¿No se esperaba esa respuesta del público?
—No tanto. Uno va sacando discos y haciendo giras, y entras dentro de una rueda de la que crees que ya lo sabes todo. No esperaba que a los 61 tacos y con un disco bastante tristón hubiera este tipo de explosión en el público, fundamentalmente en Latinoamérica.
—¿Y qué tal la vuelta a España?
—Bueno, estuve en Las Ventas que es un clásico para mí y lo pasé muy bien. Y ahora voy a Úbeda, adonde no actúo todos los años. Además, no es cualquier lugar para mí, pues me trae tantísimas cosas que están ahí, en el baúl. No es un concierto normal, sino que está más cargado de emociones.
—¿Qué cosas sacará de ese baúl?
—En Úbeda está toda mi infancia con lo negativo y lo positivo. Ahí están las raíces absolutas de lo que soy, para bien y para mal. Entonces es un lugar muy emocionante para mí. Últimamente no voy porque mis padres ya no viven allí y no hay nadie directamente de mi familia. Además, es un lugar en el que, como me conoce cualquiera, me costaría pasear por allí. Pero es muy emocionante dar un concierto y tener enfrente a mis paisanos.
—Dice que esta es su última gira, pero ¿volverá a sacar otro disco?
—Como nos está gustando la gira, tocamos casi todos los días y uno no puede irse a disparatar por los bares —porque hay que cuidarse—, pues escribo una serie de canciones nuevas que me gustan mucho ya que han nacido en la carretera, en los aeropuertos, en los cuartos de hotel..., que es como a mí me gustaba escribir antes. Será un disco de carretera, que siempre tiene ese vértigo rockanrolero.
—¿Qué piensa de las críticas sobre su último álbum?
—¡Oye! El trabajo de los críticos es opinar sobre mí. El mío, no.
—¿Qué le gusta más: Joaquín poeta o Joaquín cantante?
—El que yo quería ser es el poeta, pero el que más me ha hecho disfrutar y el que más satisfacciones me ha dado es el cantante.
—¿Cree que esto puede dar un giro en algún momento?
—Bueno, sé que no dejaré nunca de escribir, pero supongo que alguna vez dejaré de cantar. Cuando pasan dos años sin subirme al escenario, no lo echo de menos. Me gusta el momento del escenario y cantar a la gente, pero todo lo que hay alrededor no me gusta nada. Prefiero estar en casa tranquilo y ser anónimo. En cuanto a mi relación con el público me siento realmente muy amortizado. Nunca esperé a estar cantando y a sacar discos, ni viajar por Latinoamérica. Todo eso es un regalo que los dioses paganos me dieron y que yo ni anhelé ni busqué. En ese sentido estoy tranquilo.
—¿Cree que aprovechó ese regalo?
—Creo que sí. A lo mejor no tanto como debiera y, en realidad me dedicara más a disfrutar de la vida que a devolverle al público tanto como me estaba dando. Pero tampoco me arrepiento de eso.
—¿Se paró a pensar que ha sido el icono de varias generaciones?
—Por eso no me paro a pensar. Porque no me gusta pensar tonterías.
—¿Cree que es una tontería ser el referente de mucha gente?
—No lo sé, es un traje que me viene muy grande. No me encuentro cómodo en él.
—En cualquier caso, su público le estima.
—Sí, pero uno no debe bañarse en esas aguas, no debe mirarse demasiado al espejo, porque yo me conozco y te aseguro que no me siento un icono de nada.
diario jaén/diana sánchez