
Dedicó su poesía lírica a temas históricos de la Argentina, parte de su obra que fue recopilada en volúmenes como Fervor de Buenos Aires (1923), Luna de enfrente (1925) y Cuaderno San Martín (1929). De ese tiempo son sus lazos con nombres insignes como Ricardo Güiraldes, Macedonio Fernández, Alfonso Reyes y Oliveiro Girondo.
En la década de 1930, debido a una enfermedad hereditaria, comenzó a perder la visión hasta quedar completamente ciego. A pesar de ello, trabajó en la Biblioteca Nacional (1938-1947) y, más tarde, llegó a convertirse en su director (1955-1973).
Cuando conoce a Adolfo Bioy Casares comienza a escribir con él la Antología de la literatura fantástica (1940). Una década más tarde comienza sus relatos breves que le ganaran la fama; aunque sus inicios fueron ensayos filosóficos y literarios.
Los cuentos también le dieron celebridad, por ejemplo “La historia universal de la infamia” (1935) es una colección de cuentos basados en criminales reales. Desde 1960 llegarán los premios, como el “Fomentor” con Samuel Beckett y el más notado, el Premio Cervantes en 1980.
Cuestionado políticamente, sus posturas fueron cambiantes, evolutivas; fueron desde la izquierda en su juventud hasta el acendrado nacionalismo hasta recalar en un escepticismo de corte liberal opuesto a todo facismo, lo cual, lógicamente, lo enfrentará con el peronismo. Más tarde, cuando los militares se hicieron con el gobierno, lo criticaron por permanecer en el país a pesar de que jamás apoyó a la Junta Militar.
El retorno a la democracia en 1983 lo encontró en el mayor escepticismo que plasmó en sus obras de tono fantástico, metafísico y subjetivo. “No soy ni un pensador ni un moralista, sino sencillamente un hombre de letras que refleja en sus escritos su propia confusión y el respetado sistema de confusiones que llamamos filosofía, en forma de literatura”; con esa frase definía su sistema de pensamiento y su literatura.
La ficción fue el mundo que más trabajó, presentada en forma de cuento donde cada palabra adquiere un valor en sí mismo hasta hacer de cada pieza una “diminuta obra maestra”, donde el hilo conductor lleva al lector en la esperanza de llegar a un final que nunca encontrará como tal. Los libros seguramente más conocidos de ese género son El Aleph (1949) y El hacedor (1960).
La posteridad lo recuerda por sus célebres frases, tales como:
Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca.
Todas las teorías son legítimas y ninguna tiene importancia. Lo que importa es lo que se hace con ellas.
Hay que tener cuidado al elegir a los enemigos porque uno termina pareciéndose a ellos.
Y la más conocida quizás: He cometido el peor pecado que uno puede cometer. No he sido feliz.
Falleció en Ginebra el 14 de junio de 1986.