
«Según él, lo dejó en mi casa –dice ahora Rosenberg, novelista y guionista de cine–..., ¡pero no puedo creer que Harold continúe con esta historia!». En 1992, Alvarado Tenorio viajó de nuevo a Madrid y los recuperó en el mismo libro. «Es difícil que yo no abra un libro en diez años, pero si él lo dice... Me produce risa y me espanta, porque a mí lo que me interesa es que el poema sea bueno, sea de Borges o de Harold». Sara Rosenberg nos pone en antecedentes sobre su amigo: «Él se ha dedicado siempre a hacer estas cosas, incluso se hizo un prólogo de Borges para sí mismo. Harold es un poeta postmoderno apropiacionista», dice comprensiva. «La mentira siempre es perfecta; la verdad, imperfecta», añade Abad Faciolince. Más tarde, Alvarado Tenorio cambió toda su versión y reconoció a Héctor Abad que la historia de Nueva York era un invento suyo y que el poema lo había escrito él. Aun reconociendo la falsedad, a Héctor Abad no le convenció, ya que a su padre lo asesinaron en 1987, por lo que el poema no se podía haber publicado, como él sonstenía, en 1993. Y otra razón: el que guardaba el doctor Abad en el bolsillo era mejor, porque su último verso estaba acabado. «El soneto de mi padre es perfecto, y el de Tenorio no», argumenta. Al poeta William Ospina, que estaba vinculado a la revista «Número», le tocó arreglar incorrecciones y algunos problemas de métrica del poema. «Sí, es un poema de Borges, no me cabe duda, desde el principio al fin. Lo es por el tema y por elegir un soneto inglés, algo muy propio de él», nos cuenta en Cartagena. Además, a pesar de que Alvarado Tenorio es un especialista en estas «apropiaciones», «simular un poema de Borges es muy difícil». La pista buena Héctor Abad comparte la propiedad de una librería en Medellín con unos amigos. Se llama Palinuro. Un día se presentó allí una mujer llamada Tita Botero que dijo saber de dónde había sacado el poema el doctor Abad. No fue este el último bucle de esta aventura poética, en sí misma borgiana, pero sí el que indicó el camino. El el 29 de septiembre de 1985, el poeta y editor Jean-Dominique Rey entrevistó a Borges en su casa, acompañado del pintor Guillermo Roux, que realizó algunos retratos. Rey le pidió si podía darle algunos poemas inéditos para publicar en la revista «La Délirante». Borges aceptó y, según su relato, le pidió, dado que ya estaba ciego, que abriese él mismo un cajón y cogiese unas cuartillas. Allí había seis sonetos, cinco de los cuales, entre ellos «Aquí. Hoy», acabaron pubicados en una pequeña edición de 300 ejemplares realizada por unos estudiantes de Mendoza. El periplo hasta llegar a esta ciudad argentina fue largo pero sencillo: hasta allí los llevó una mujer llamada Franca Beer, de origen italiano y esposa de Guillermo Roux. Ésa fue la copia que llegó a las manos del doctor Abad, que cada sábado realizaba un programa de literatura en la radio de la Universidad de Medellín. Hasta hace unos días, Harold Alvarado Tenorio, sostiene en su revista «Arquitrabe» que Abad Faciolince tiene una verdadera obsesión, que ha contratado a detectives privados (en realidad era una amiga epidemióloga residente en Finlandia, «experta en averiguar cosas raras»), que se ha gastado una fortuna para saber si María Panero existe (y existe: a través del Departamento de Estado de EE UU supo que fue torturada por la dictadura argentina). Mientras que fue él quien le entregó al doctor Abad, al que vio en dos ocasiones, este poema, el cual se dedicó a copiar horas antes de su muerte. Un poema escrito por él y haciéndoselo firmar a Borges. ¿O no fue así? No, no fue así, porque la versión que Alvarado Tenorio tiene es incorrecta y la que el doctor Abad guardaba en el bosillo era la buena, un soneto inglés perfecto (compuesto por tres cuartetos y un dístico). «¿Es que podemos creer a alguien que ha llegado a decir que el soneto se lo metió en el bolsillo, por orden de los paramilitares, el sicario que lo mató?». Borges escribió el poema sabiendo que su vida estaba tocando a su fin (le acababan de detectar un cáncer), afirman los expertos, y el doctor Abad lo copió y guardó en su bolsillo porque también sabía que sus días estaban contados. Eso es todo. «Alguien acaba creyéndose cosas que nunca han sucedido. Cada vez que uno cuenta una historia, cambia. La memoria siempre inventa», concluye su hijo.
Fuente: la razón.es
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