15 mayo 2012

La silla del águila

 La silla del águila
*David Heredia

Hace unas semanas Emilio Carballido realizó unas declaraciones en torno al trabajo y trayectoria de Carlos Fuentes. Palabras más palabras menos, Carballido afirmó que Carlos Fuentes (ciudad de México, 1928) es uno de los grandes talentos literarios desaprovechados del siglo XX; que descuidó su trabajo por entregarse a la vida bohemia, a la galantería, es decir a ser un playboy ilustrado. Asimismo, Carballido añadió que no era una crítica injusta la que ejercía sobre el autor de La región más transparente, sino la adecuada para un hombre que tuvo un innegable talento literario que fue incapaz de explotar.
El autor veracruzano afirmó que Fuentes nos quedó a deber una gran obra del tamaño de Rayuela, del franco-argentino Julio Cortázar —lo francés deviene de su educación y del desarrollo de su trabajo realizado en París, ya que Julio Cortázar, hijo de diplomáticos argentinos, nació en Bruselas, en 1914, y murió en París, en 1984—. Carballido trae a cuento un diálogo de Rayuela entre el protagonista y uno de sus amigos-rivales en París, donde se afirma que a los grandes talentos o monstruos de la vida pública (como Louis Armstrong, en el caso de la obra cortazariana), que tienen la desgracia de ser longevos, hay que matarlos y dejarlos reposar en el olimpo de su gloria y esplendor. Entre más pasa el tiempo, mayores son las oportunidades de manchar su gran trayectoria. Morir (no sólo como ausencia física) es un arte, igual que saber el momento exacto de dejar la vida pública y evitar la posibilidad de arrastrar el prestigio.

Con los conceptos anteriores se refirió Emilio Carballido a las últimas obras de Fuentes, La frontera de cristal y Los años de Laura Díaz: novelas mediocres, a juicio del dramaturgo.

Las declaraciones de Carballido parecen injustas y duras. La comparación con Cortázar está un poco fuera de lugar. El estilo y el sentido de los trabajos de ambos escritores son distintos, uno no es mejor que otro, simplemente son diferentes.

Tras La frontera de cristal y Los años de Laura Díaz, Fuentes desarrolla su novela más acabada de los últimos años, pese a sus inconsistencias y atisbos de envejecimiento. La silla del águila es la primera novela política del autor de Aura. Posee una trama bien desarrollada, la cual guarda pertinencia debido a las transformaciones políticas que han ocurrido en el país en los últimos decenios. Tiempo y oportunidad se ven inmersos en una vorágine de cambios e imprevistos reflejando que son los elementos que nutren la vida pública y conforman el escenario del despliegue de las pasiones privadas, ergo constituyen eso que llamamos política.

Fuentes aprovecha las inconsistencias y lentitud que la transformación democrática ha tenido en nuestra nación; la pasividad, incapacidad, falta de lucidez y desgano de nuestros políticos, quienes frente a la seducción de la popularidad y la albanza no han entendido que el ejercicio del poder significa responsabilidad y carácter para asumir costos por la toma de decisiones impopulares pero necesarias, si se quiere por lo menos ofrecer oportunidades de desarrollo y crecimiento a las futuras generaciones.

Frente a este desolador escenario de desencanto político, Fuentes cuenta una historia de ciencia ficción política no muy alejada de la realidad. Conforme uno avanza en la lectura se ve atrapado y al mismo tiempo siente el oficio y la experiencia del autor. Es una novela ligera, sencilla, bien redactada, no de mala calidad.

Fuentes usa su experiencia sobre el sistema político mexicano y su oficio, y va mezclando su conocimiento de obras políticas capitales y otras no tan difundidas: va de Maquiavelo a Clausewitz, o de Tácito a Cicerón. Logra un adecuado equilibrio entre este saber clásico político, ya sea latino, renacentista y/o romántico, y lo pintoresco de nuestro devenir político particular, al esbozar figuras de nuestro sistema político moderno como Gonzalo N. Santos o Carlos Hank González, o bien figuras históricas tan disímbolas como Rodolfo Fierro (ese sanguinario general, subalterno de Francisco Villa), sin dejar de lado la innegable presencia del viejo del portal, que es el vivo retrato de Adolfo Ruiz Cortines, ese viejo ex presidente que gustaba de jugar al dominó mientras tomaba un café con leche de La Parroquia, la famosa cafetería localizada bajo los portales del centro del puerto de Veracruz.

Fuentes deja ver su pericia al redactar cartas de amor, de desencanto y resentimiento. Las misivas y las grabaciones de voz son el centro alrededor del cual gira la obra; a ellas tienen que recurrir los personajes de la novela al enfrentar el país una súbita caída de los sistemas de telecomunicaciones, resultado de un arrebato de dignidad y principios del presidente en turno frente al pragmatismo y la realpolitik imperante en 2020.

El autor refleja su conocimiento sobre el funcionamiento de la administración de la cosa pública, quizá resultado de su experiencia cuando se desempeñó como embajador de México en Francia en los setenta. Así como redacta cartas de amor, reprenda, melancolía o resentimiento a lo largo de la obra, también tiene la claridad para redactar un oficio jurídico-administrativo impecable, exacto, sobrio y contundente.

Sin embargo, conforme se avanza en la lectura, se encuentran fragmentos muy flojos en la historia (a esto se refiere el concepto de inconsistencia anteriormente anotado) y diálogos de relleno. Es allí donde parece asistir la razón a Carballido, sobre la comodidad y poco cuidado de Fuentes para escribir en fechas recientes. La riqueza de la obra no es explotada plenamente. La pertinencia de abordar esta trama se ve malograda, de lo contrario tendríamos el equivalente a La sombra del caudillo a principios del siglo XXI. Esto le hubiera permitido tener a La silla del águila, si hubiese sido reposada y revisada, la cualidad de ser una novela de obligada lectura más allá de su circunstancia y pertinencia temporal. Este descuido le impide al libro trascender y mantenerse como un espejo que proyecte como registro el momento público, no sólo político del México del "cambio". Esta falta de concreción evitan una lectura futura, como complemento o eje de la comprensión de las transformaciones que han tenido lugar y que hacen necesario un análisis que se escapa y elude, por un afán de enmarcarlo actualmente todo en estadísticas y datos de certeza matemática.

Por desgracia, la novela se queda en un mero intento, en una lectura que es importante para la época actual, pero que con el inexorable paso del tiempo será absorbida por sus carencias. El envejecimiento se nota en Fuentes al remitirse a las rumberas, mujeres de amplias caderas que agitaban el ombligo al son de un buen danzón, cha cha cha o música afroantillana (manifiesta, a lo Freud, una melancolía por esa época —años cuarenta y cincuenta—, donde el autor enamoraba lo mismo a Silvia Derbez que se extasiaba con Ninón Sevilla o Tongolele), en lugar de suplirlas por ese nuevo modelo de belleza y estética en que se han conformado las stripers, tabledancers o chicas estilo Angus.
 Así como Echeverría tendía a decir que las críticas contra su administración las más de las veces se fundaban en argumentos de comodidad intelectual, Carlos Fuentes deja sin pulir y barnizar La silla del águila. Si bien es una buena novela, se siente inacabada. Se trata de un trabajo poco cuidado, tanto por el autor como por la editorial. En más de tres ocasiones los diálogos se cortan al existir una coma, como si fuera punto y aparte; comienza un nuevo párrafo, que las más de las veces empieza con minúscula.

Quizás igual que Carballido, uno se siente en la obligación de demandar lo mejor a un hombre que cuenta con un talento del tamaño de Carlos Fuentes.•

Carlos Fuentes, La silla del águila, México, Alfaguara, 2003, 412 pp. •


*David Heredia (ciudad de México, 1975) estudió la licenciatura en ciencias políticas en la unam. Fue becario Telmex-Conacyt para realizar la maestría en la misma especialidad.

2 comentarios:

Spooky dijo...

Muy buena la crítica que haces de La Silla del Águila. Yo la acabo de leer y ciertamente me decepcionó bastante. Aunque debo admitir que Fuentes nunca ha sido de mi completo agrado, sin embargo quise darle una oportunidad a esta novela.

Es un hecho que al principio me había resultado bastante interesante y hasta cierto punto visionaria al estilo Verne, pero conforme vas avanzando comienzas a sentir que poco a poco la trama se va, más que desentrañando, desbaratando.

Llegué al final y me quedó una sensación de vacío. No es como otras novelas que llegas al final y te sientes contento, triste, molesto o hasta intrigado por saber qué podría suceder más adelante.

Te quedas sin emoción alguna, es un final tan vacío que ni siquiera invita a preguntar ¿y luego...?

En fin, gracias de nuevo por la crítica que subiste. Saludos!

María José dijo...

No tengo blog, te encontré. Por razones de trabajo estoy leyendo esta novela. Coincido contigo completamente, en ocasiones parece un maquinazo. Muchas gracias por tu reseña.

Julio Cortázar - Rayuela Cap. 7


Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mi para dibujarla con mi mano en tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja...

...Me miras, de cerca me miras, cada vez mas de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez mas de cerca y los ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, Jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mi como una luna en el agua. (fragmento)



Alejandra Pizarnik - Piedra Fundamental

No puedo hablar con mi voz sino con mis voces.

Sus ojos eran la entrada del templo, para mí, que soy errante, que amo y muero. Y hubiese cantado hasta hacerme una con la noche, hasta deshacerme desnuda en la entrada del tiempo.

Un canto que atravieso como un túnel.

Presencias inquietantes, gestos de figuras que se aparecen vivientes por obra de un lenguaje activo que las alude, signos que insinúan terrores insolubles.

Una vibración de los cimientos, un trepidar de los fundamentos, drenan y barrenan, y he sabido dónde se aposenta aquello tan otro que es yo, que espera que me calle para tomar posesión de mí y drenar y barrenar los cimientos, los fundamentos, aquello que me es adverso desde mí, conspira, toma posesión de mi terreno baldío, no, he de hacer algo, no, no he de hacer nada, algo en mí no se abandona a la cascada de cenizas que me arrasa dentro de mí con ella que es yo, conmigo que soy ella y que soy yo, indeciblemente distinta de ella.

En el silencio mismo (no en el mismo silencio) tragar noche, una noche inmensa inmersa en el sigilo de los pasos perdidos.

No puedo hablar para nada decir. Por eso nos perdemos, yo y el poema, en la tentativa inútil de transcribir relaciones ardientes.

¿A dónde la conduce esta escritura? A lo negro, a lo estéril, a lo fragmentado.

Las muñecas desventradas por mis antiguas manos de muñeca, la desilusión al encontrar pura estopa (pura estepa tu memoria): el padre, que tuvo que ser Tiresias, flota en el río. Pero tú, ¿por qué te dejaste asesinar escuchando cuentos de álamos nevados?

Yo quería que mis dedos de muñeca penetraran en las teclas. Yo no quería rozar, como una araña, el teclado. Yo quería hundirme, clavarme, fijarme, petrificarme. Yo quería entrar en el teclado para entrar adentro de la música para tener una patria. Pero la música se movía, se apresuraba. Sólo cuando un refrán reincidía, alentaba en mí la esperanza de que se estableciera algo parecido a una estación de trenes, quiero decir: un punto de partida firme y seguro; un lugar desde el cual partir, desde el lugar, hacia el lugar, en unión y fusión con el lugar. Pero el refrán era demasiado breve, de modo que yo no podía fundar una estación pues no contaba más que con un tren algo salido de los rieles que se contorsionaba y se distorsionaba. Entonces abandoné la música y sus traiciones porque la música estaba más arriba o más abajo, pero no en el centro, en el lugar de la fusión y del encuentro. (Tú que fuiste mi única patria ¿en dónde buscarte? Tal vez en este poema que voy escribiendo.)

Una noche en el circo recobré un lenguaje perdido en el momento que los jinetes con antorchas en la mano galopaban en ronda feroz sobre corceles negros. Ni en mis sueños de dicha existirá un coro de ángeles que suministre algo semejante a los sonidos calientes para mi corazón de los cascos contra las arenas. (Y me dijo: Escribe; porque estas palabras son fieles y verdaderas.)

(Es un hombre o una piedra o un árbol el que va a comenzar el canto...)

Y era un estremecimiento suavemente trepidante (lo digo para aleccionar a la que extravió en mí su musicalidad y trepida con más disonancia que un caballo azuzado por una antorcha en las arenas de un país extranjero).

Estaba abrazada al suelo, diciendo un nombre. Creí que me había muerto y que la muerte era decir un nombre sin cesar.

No es esto, tal vez, lo que quiero decir. Este decir y decirse no es grato. No puedo hablar con mi voz sino con mis voces. También este poema es posible que sea una trampa, un escenario más.

Cuando el barco alternó su ritmo y vaciló en el agua violenta, me erguí como la amazona que domina solamente con sus ojos azules al caballo que se encabrita (¿o fue con sus ojos azules?). El agua verde en mi cara, he de beber de ti hasta que la noche se abra. Nadie puede salvarme pues soy invisible aun para mí que me llamo con tu voz. ¿En dónde estoy? Estoy en un jardín.

Hay un jardín.


Las olas - Virginia Woolf

El sol no había nacido todavía. Hubiera sido imposible distinguir el mar del cielo, excepto por los mil pliegues ligeros de las ondas que le hacían semejarse a una tela arrugada. Poco a poco, a medida que una palidez se extendía por el cielo, una franja sombría separó en el horizonte al cielo del mar, y la inmensa tela gris se rayó con grandes líneas que se movían debajo de su superficie, siguiéndose una a otra persiguiéndose en un ritmo sin fin. Al aproximarse a la orilla, cada una de ellas adquiría forma, se hinchaba y se rompía arrojando sobre la arena un delgado velo de blanca espuma. La ola se detenía para alzarse enseguida nuevamente, suspirando como una criatura dormida cuya respiración va y viene inconscientemente. Poco a poco, la franja oscura del horizonte se aclaró: se hubiera dicho un sedimento depositado en el fondo de una vieja botella, dejando al cristal su transparencia verde. En el fondo, el cielo también se hizo translúcido, cual si el sedimento blanco se hubiera desprendido lo cual si el brazo de una mujer tendida debajo del horizonte hubiera alzado una lámpara, y bandas blancas, amarillas y verdes se alargaron sobre el cielo, igual que las varillas de un abanico. Enseguida la mujer alzó más alto su lámpara y el aire pareció dividirse en fibras, desprenderse de la verde superficie en una palpitación ardiente de fibras amarillas y rojas, como los resplandores humeantes de un fuego de alegría. Poco a poco las fibras se fundieron en un solo fluido, en una sola incandescencia que levantó la pesada cobertura gris del cielo transformándola en un millón de átomos de un azul tierno. La superficie del mar fue adquiriendo gradualmente transparencia y yació ondulando y despidiendo destellos hasta que las franjas oscuras desaparecieron casi totalmente. El brazo que sostenía la lámpara se alzó todavía más, lentamente, se alzó más y más alto, hasta que una inmensa llama se hizo visible: un arco de fuego ardió en el borde del horizonte, y a su alrededor el mar ya no fue sino una sola extensión de oro. La luz golpeó sucesivamente los árboles del jardín iluminando una tras otra las hojas, que se tornaron transparentes. Un pájaro gorjeó muy alto; hubo una pausa: más abajo, otro pájaro repitió su gorjeo. El sol utilizó las paredes de la casa y se apoyó, como la punta de un abanico, sobre una persiana blanca; el dedo del sol marcó sombras azules en el arbusto junto a la ventana del dormitorio. La persiana se estremeció dulcemente. Pero todo en la casa continuó siendo vago e insustancial. Afuera, los pájaros cantaban sus vacías melodías. (fragmento) 1931

Virginia Woolf - Orlando

"Habiendo interrogado al hombre y al pájaro y a los insectos (porque los peces, cuentan los hombres que para oírlos hablar han vivido años su soledad de verdes cavernas, nunca, nunca lo dicen, y tal vez lo saben por eso mismo), habiendo interrogado a todos ellos sin volvernos más sabios, sino más viejos y más fríos -porque ¿no hemos, acaso, implorado el don de aprisionar en un libro algo tan raro y tan extraño, que uno estuviera listo a jurar que era el sentido de la vida?- fuerza es retroceder y decir directamente al lector que espera, todo trémulo, escuchar qué cosa es la vida: ¡ay! no lo sabemos. " (fragmento)

“Cuando los besos saben a alquitrán, cuando las almohadas son de hielo,
cuando el enfermo aprende a blasfemar,
cuando no salen trenes para el
cielo,
a la hora de maldecir,
a la hora de mentir.
Cuando marca sus
cartas el tahúr
y rompe el músico su partitura
y vuelve Nosferatu al
ataúd
y pasa el camión de la basura,
a la hora de crecer,
a la hora
de perder,
cuando ladran los perros del amanecer.”

__

“En la posada del fracaso,
donde no hay consuelo ni ascensor,
el desamparo y la humedad
comparten colchón
y cuando, por la calle,
pasa la vida, como un huracán,
el hombre del traje gris
saca un sucio calendario del
bolsillo y grita
¿quién me ha robado el mes de abril?
¿pero cómo pudo sucederme a mí?
¿quién me ha robado el mes de abril?
Lo guardaba en el cajón
donde guardo el corazón.”

__

“Cuando agoniza la fiesta
todas encuentran pareja
menos Lola
que se va, sin ser besada,
a dormirse como cada
noche sola
y una lágrima salada
con sabor a mermelada
de ternura
moja el suelo de su alcoba
donde un espejo le roba
la hermosura.
Nadie sabe cómo le queman en la boca
tantos besos que no ha dado,
tiene el corazón tan de par en par y tan oxidado.”

__

“Algunas veces vivo, y otras veces
la vida se me va con lo que escribo,
algunas veces busco un adjetivo
inspirado y posesivo que te arañe el corazón.
luego arrojo mi mensaje,
se lo lleva de equipaje
una botella…, al mar de tu incomprensión.
No quiero hacerte chantaje,
sólo quiero regalarte una canción.”

__

“Desnuda se sentía igual que un pez en el agua,
vestirla era peor que amortajarla,
inocente y perversa como un mundo sin dioses,
alegre y repartida como el pan de los pobres.
No quise retenerla, ¿de qué hubiera servido
deshacer las maletas del olvido?
Pero no sé qué diera por tenerla ahora mismo
mirando por encima de mi hombro lo que escribo.
Le di mis noches y mi pan, mi angustia, mi risa,
a cambio de sus besos y su prisa,
con ella descubrí que hay amores eternos
que duran lo que dura un corto invierno.”

__

“No soporta el dolor, le divierte inventar
que vive lejos, en un raro país,
cuando viaja en sueños lo hace sin mí,
cada vez que se aburre de andar, da un salto mortal.
Cuando el sol fatigado se dedica a manchar
de rosa las macetas de mi balcón
juega conmigo al gato y al ratón,
si le pido “quédate un poco más”, se viste y se va.
Cuanto más le doy ella menos me da
Por eso a veces tengo dudas, ¿no será un tal Judas
el que le enseñó a besar?”